Fecha de Caducidad

Donde habita el recuerdo la muerte tiene prohibida la entrada

Interferón

Se despertó empapado en sudor; su habitual sueño de niño se había convertido en un duermevela remiso al que accedía suspicaz desde el día en que el interferón alfa fue nombrado su ángel custodio. Seis meses atrás era un joven vigoroso, de humor inquebrantable, comportamiento infantil y sonrisa perenne que el cáncer de riñón aún no había podido extinguir a pesar del encono con el que agredía su cuerpo. Al mirar el reloj, vio la figura del gatito que su amigo español le había regalado y recordó, una vez más, aquella conversación en la taberna del pueblo francés donde ambos habían trabajado. Colaboraban temporalmente como investigadores para una multinacional francesa y aunque los dos eran ingenieros tenían muy poco más en común. Él era polaco, joven, rubio, alto y grueso. Cándido e ilusionado hacía gala de un inagotable buen humor capaz incluso de irritar a sus colegas. Recién doctorado, hacía méritos para un empleo estable como profesor en su universidad mientras disfrutaba puerilmente de su primera estancia en el extranjero. Su amigo, doce años mayor que él, era pequeño, de cabeza grande y afeitada que le confería un aspecto difícil de clasificar. Profesor desde hacía dieciocho años, casado y con hijos, transitaba por esa fase de la vida donde las ilusiones juveniles se vuelven descreimiento antes de fallecer trocadas en cinismo. Buscaba con esperanza reconquistar durante aquel paréntesis lo que el tiempo y las circunstancias habían conseguido desterrar de un trabajo al que había dedicado casi toda su vida.

Recostado sobre la almohada recordó la locuacidad del español, fortalecida por la compañía de un par de jarras de cerveza y cómo éste, en un inglés más académico que el suyo, teorizaba sobre la vida, la muerte y la condición humana. No pudo evitar una sonrisa al recordar las dificultades que tenía para mantener el hilo de las disertaciones de su colega y cómo, en más de una ocasión, había dejado de escucharlo para disfrutar simplemente de la cerveza y de su compañía.

Las frases de aquella tarde ya lejana lo mortificaban desde que le habían diagnosticado la enfermedad. Veía a su amigo repetir una y otra vez que la mayor causa de infelicidad de los seres humanos es la consciencia de su propia caducidad. Que los animales disfrutan del presente porque no son conocedores de lo efímero de su existencia, y que si las personas supieran el día de su nacimiento cuando van a fallecer serían perpetuamente infelices. El discurso, para el que meses atrás no había encontrado significado, se convirtió en una pesada carga en el preciso instante en que la impersonal información médica de Internet le reveló su esperanza de vida. Al constatar que su muerte tendría lugar en no más de un año, no descubrió nada que no sospechara desde su primera visita al oncólogo. Lo que realmente le conmocionó fue lo exacto, lo inapelable de aquel plazo que abría un abismo entre él y el resto de los mortales.

Revólver

Durante las primeras semanas la impotencia ganó la partida, pero una vez se hubo sobrepuesto al desaliento inicial su pragmatismo, cultivado durante largos años de estudios, le obligó a buscar una solución. Conocedor como era de la inexistencia de un remedio eficaz para su dolencia, se aferró al violento impulso de rebatir las teorías del español sobre la vida y decidió, con férrea convicción, que el anuncio de su propia muerte no lo paralizaría: su existencia seguiría el mismo curso que hasta entonces. Con rapidez encontró en el oráculo del ciberespacio lo que buscaba: Google le mostró, sin omitir detalles, un OTS-38 de fabricación soviética que parecía la herramienta ideal para el fin que había escogido. Un revólver pequeño, muy silencioso, con un tambor de 5 recámaras y un calibre respetable podría cumplir su cometido a la perfección. Localizar un vendedor junto al puerto de Gdansk fue algo más complejo, pero los seiscientos euros que ofertó a través de un SMS fueron suficientes para que un joven de aspecto descuidado, botas militares y cabeza rapada le entregase el arma envuelta en un grueso papel marrón con manchas grasientas.

Revolver

Aquella mañana repitió el ritual que había iniciado tres meses atrás. Era el día noventa y dos; las manos ya no le temblaban ni le costó introducir la bala en la recámara tal y como le había sucedido en anteriores ocasiones. Una vez hubo hecho rodar fuertemente el tambor se recostó en la cama, introdujo cuidadosamente el cañón en la boca hasta apoyarlo en el paladar y apretó el gatillo: clic, no sucedió nada. Con calma limpió la saliva del cañón, extrajo la bala y devolvió el revólver a la caja que ocultaba en el fondo del armario. Se duchó y afeitó con esmero, miró al cielo a través de la pequeña ventana de su habitación y vio que el sol empezaba tímidamente a asomar entre las nubes; ya era primavera. La primera tras su regreso de Francia. Se puso un anorak, antaño apretado y ahora demasiado grande tras su pérdida de peso y salió a pasear. En el portal recordó las mañanas en Tarbes cuando esperaba a su amigo español frente a su casa y le gritaba, con voz de tenor desde muy lejos, las únicas palabras que conocía en su idioma: ¡Hola amigo, qué tal amigo! Se preguntó qué pensaría él si en alguna de sus recientes videoconferencias a través de Skype le hubiera contado lo que hacía todas las mañanas. Sonrió con una mezcla desigual de melancolía y sarcasmo e inició su diario paseo en dirección al mar. FechaCaminando lentamente pensó en una de las leyes de la estadística aprendida mucho tiempo atrás: “si un suceso aleatorio se repite un número infinito de veces, la probabilidad de que se obtenga cada una de las opciones posibles es del cien por cien”. Concluyó que en sus circunstancias no tenía tiempo para un número infinito de intentos. Quizás fuese necesario cortejar con inteligencia a las matemáticas e introducir una segunda bala a partir de mañana. Él, un polaco fuerte, vigoroso, aferrado a la vida, no podía de ningún modo tener fecha de caducidad.

Para Piotr, mi amigo, donde quiera que esté regalando bondad y repartiendo sonrisas.

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~ por Orfeo en 2 mayo 2011.

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