Que la mordaza no ahogue tu voz

•12 diciembre 2014 • 2 comentarios

 

NOTA: la breve reseña inicial de esta entrada es estrictamente autobiográfica y no contiene ningún recurso literario o ficticio.

APEn 1976, con 11 añitos, los niños de mi colegio formábamos en filas y cantábamos el “Cara al Sol”, mientras saludábamos inmóviles con la mano derecha extendida. El Director del colegio, D. A., cuyo nombre completo omito por decoro, se paseaba entre nosotros con las manos juntas a la espalda. Cualquier distracción era premiada con una brutal bofetada que, en más de una ocasión, acabó con la víctima en el suelo. En ese patio se impartía “justicia universal”: los propios hijos de aquel delincuente recibían un trato idéntico al nuestro.

D. A. llevaba un llavero colgando del bolsillo del pantalón. Era plateado y tenía dos letras: una A y una P de diferentes tamaños. Algunos llegamos a averiguar que correspondían al logotipo de una formación política recién creada y llamada Alianza Popular.

PSPEse curso se incorporó al colegio una joven profesora de Inglés. La Srta. S. vestía pantalones negros de campana, portaba una guitarra y, curiosamente, también tenía un llavero colgando de una de las trabillas del pantalón. Las letras que ahora nos intrigaban eran una P, una S y una P. Pronto aprendimos que eran las siglas del Partido Socialista Popular, formación liderada por el Profesor Tierno Galván.

La Srta. S. era diferente al resto de profesores. Nos sonreía con amabilidad, incluso cariño, y cantaba canciones en Inglés en algunas de sus clases. La última vez que la vi estaba en un pasillo frente a D. A. con los ojos llorosos. Recuerdo el odio que experimenté aquel día y la sensación de vacío que me produjo el despido de la Srta. S.

Pasaron muchos años antes de que fuese capaz de arrancar el rencor que, como herrumbre, se había pegado a aquellas letras, para llegar a comprender que ese partido político, junto con muchos otros, había sido coparticipe de la transición a la democracia; perfecta, si la devolución de la dignidad a las víctimas del franquismo se hubiera realizado en tiempo y forma.

MINISTROAyer, al ver las imágenes del Sr. Jorge Fernández Díaz sentí un desasosiego que es ahora el motor para la redacción de esta entrada. La memoria es amiga traicionera y asocia a su voluntad los recuerdos. Quizás por ello no vean la relación entre mi infancia y la imagen de nuestro virtuoso Ministro, o piensen que ahora sí me estoy permitiendo todo tipo de licencias. Tienen mi palabra de que no es así y espero que lo comprendan en pocas líneas.

A principios de los 80 ya había perdido el temor que se había instalado en mí durante la etapa escolar. Los Sres. vestidos de gris ya no me aterrorizaban como lo hicieron el día que aporrearon la cara de un compañero de Instituto por manifestarse reclamando la puesta en marcha de la calefacción en las aulas. Esos mismos Sres. cambiaron de color y se volvieron marrones, como los árboles. Empecé así a respetarlos y sentir que me respetaban. A finales de los 90, cuando recibí el regalo de la paternidad, agradecí su presencia sutil; me sentía más cómodo y seguro si alguno de ellos estaba cerca, máxime cuando aparecieron en los coches y parejas policiales Sras., madres como mi propia esposa.

D. Jorge, con su vileza, pudrió la madera de mis árboles y hoy los vuelvo a ver grises, en esta ocasión de un gris más ignominioso que el de los años 70, pues la putrefacción se ha gestado desde y dentro de la democracia.

Ayer perdí el derecho a invadir las calles. A colorearlas, sin previo aviso, de manos albinas como el día que Gregorio Ordóñez fue vilmente asesinado, o a desfilar pacíficamente entre Daoiz y Velarde como hice cuando vivía en Madrid.

Nuestro Gobierno, el mismo que cuando un juicio le va mal cambia de juez en vez de abogado, convirtió en ley lo que el derecho comunitario, y un mínimo de humanidad, prohíben. Por todo ello hoy me parezco un poco a aquel niño del 75, pero conservo intacta la palabra, la que entonces era reprimida con violencia.

MordazaQuizás sea tan insensato como Sócrates porque pienso que toda ley aprobada en una democracia ha de ser cumplida. Por eso no los voy a incitar a la insumisión. Únicamente los invito a que usen sus voces, con seguridad mejores que la mía, y lo hagan por esta vía o por todas aquellas que este espacio les permite. Háganse oír alto pero con respeto; no olviden esta última palabra.

Los repugnantes delincuentes encapuchados que revientan manifestaciones pacíficas, o los descerebrados que deslumbran a los pilotos de los aviones son su excusa, por favor, no les den ninguna más. Invadan todos los medios de comunicación a su alcance con emails, tweets, cartas convencionales o lo que consideren oportuno. Apliquen, pues, la regla de mi amigo el filósofo suicida: digan lo que sienten, sientan lo que digan y hagan que sus palabras sean coherentes con los hechos.

No quiero finalizar esta entrada, aunque soy agnóstico, sin felicitarle la Navidad al Sr. Fernández, ya que me constan sus fuertes convicciones cristianas. Junto con mis mejores deseos, sólo quería advertirle que, en previsión de que pudiera tener lugar un segundo advenimiento, haga llegar una circular a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado para los días 24 y 25. Tenga en cuenta Sr. Ministro que si Jesucristo nos visita de nuevo no traerá DNI, la devolución en caliente se me antoja, aparte de compleja, bastante cara y, conociendo la trayectoria histórica de este buen hombre, no dudo que esté por la labor de hacerle a Vd. un buen escrache. Así pues, ándese con cuidado no vaya a meter accidentalmente al hijo de Dios en la trena.

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Carta abierta a Pepa Bueno

•8 diciembre 2014 • Dejar un comentario

La Sra. Pepa Bueno, aparte de excelente profesional, tiene la Santa Paciencia de contestar los Tweets que algunas personas como yo tenemos el atrevimiento de dirigirle. La siguiente carta es respuesta a uno de ellos.

Querida Pepa:

Desde niño he seguido los informativos de RTVE. El “Noticiario” que como tú, unos meses más joven que yo, veía en un único canal en blanco y negro. Uno de mis primeros recuerdos de entonces es el de mi paisano Lalo Azcona (http://goo.gl/x43oSt), aunque él diga que es imposible que tenga constancia de su paso por TVE por mi juventud en aquella época.

Cizaña3

Como millones de españoles crecí a la vez que RTVE. Si midiésemos su “share” por mi fidelidad y la de mi familia a la cadena en los últimos 30 años, las demás empresas del sector se dedicarían exclusivamente a los programas de nigromantes y tele-venta.

Mis problemas con RTVE comenzaron cuando el tono y enfoque de los informativos sufrieron el devastador “efecto Urdaci”. Con el máximo respeto al Sr. Urdaci y, como no, un poco de buen humor, no me resisto a decir que su presencia en la pantalla me recordó desde el primer día a Detritus, el personaje de “La Cizaña” de Asterix. El episodio “CE-CE-O-E”, y verme obligado a seguir los dolorosos acontecimientos del 11M en la BBC y la CNN colmaron el vaso: dejé de pulsar el número 1 del mando a distancia.

Cuando Urdaci decidió hacer carrera en otros sectores volví a RTVE. Creo que se inició entonces uno de los periodos más brillantes de la cadena. Corrígeme si me equivoco pero eráis líderes de audiencia y teníais los informativos más valorados. Tú, en particular, cenabas a diario, sin saberlo, con mi esposa y mis dos hijos.

No recuerdo las fechas con exactitud, pero diría que la debacle definitiva de la televisión pública comenzó hacia 2011. Parece que el gobierno traía consigo una ouija y con ella logró hace más de dos años la resurrección de Joseph McCarthy. En medio de este dislate, creo recordar que tu salida y la de Ana Pastor se produjeron en el verano de 2012.

Como uno es de naturaleza peleona y la experiencia le ha enseñado que las quejas, cuando se formulan con respeto, pueden llegar a remediar ciertos males, escribí a Dña. Elena Sánchez Caballero (Defensora del Espectador en RTVE). Le manifesté brevemente mi incredulidad e indignación ante los ceses de excelentes profesionales que, a mi juicio, habían contribuido a aupar a RTVE a la altura que merece un medio de comunicación público. En concreto, mis quejas iban dirigidas a tu marcha y a la de Ana Pastor.

Aunque no esperaba respuesta la recibí. Lamento no conservar los emails, por tanto, los resumiré brevemente. La Sra. Caballero me indicó que la configuración de la plantilla de RTVE excedía sus competencias, las cuales se centraban exclusivamente en los contenidos de la programación; lamentó también mi disgusto y mi decisión de dejar de sintonizar RTVE. Su respuesta me pareció lógica y correcta. Por tanto, decidí esperar a poder formular una crítica concreta y aprovecharla también para agradecer su amable respuesta.

Lo cierto es que no tardé mucho en poder hacerlo. A finales de agosto de 2012 se produjo el tercer accidente consecutivo, en el plazo de un mes, en el metro de Madrid. Previamente había habido muertes y en esa ocasión 22 heridos leves: https://www.youtube.com/watch?v=nZNod_OjErA. Hacia esas fechas tuvo lugar también la tradicional “Tomatina” de Buñol. En la segunda edición de los informativos de RTVE se dedicó, en aquel momento lo cronometré, un tiempo insultantemente mayor a la segunda noticia. No podría ahora precisarlo, pero creo recordar que fueron unos pocos segundos para el accidente y cerca de 2 minutos para la fiesta. El hecho en cuestión no me sorprendió: desde vuestro relevo, el visionado de los informativos públicos llegó a convencerme de que ya no vivía en España, sino en Arcadia y que nuestro Telediario era una fusión imperfecta de “Raíces” (http://goo.gl/ZevAXP) , una revista del corazón y un magazine deportivo.

Respondí pues a la Sra. Caballero, agradeciéndole en primer lugar su mensaje y ahora sí, entrando en sus competencias. Mi correo se podría resumir en una sola pregunta: “¿A qué criterios informativos o periodísticos responde que dediquen Vds. unos pocos segundos al tercer accidente consecutivo en el metro de la Capital, mientras que emplean casi 2 minutos en mostrar un acontecimiento festivo?”

Obviamente, nunca esperé ni recibí respuesta. Hay preguntas que no la tienen y otras que no se pueden responder. La que yo hice pertenece al segundo grupo.

Desde entonces, el botón con el número 1 de nuestros mandos está reluciente. No miento si te digo que, salvo algún partido de fútbol que tengo que ver por obligación paterna, (tengo un mini-futbolista de 10 años), RTVE ha dejado de existir para todos nosotros. Ahora tengo organizados los informativos como sigue: me levanto con Esther Vaquero y María José Sáez (Antena 3), como con David Cantero e Isabel Jiménez (Telecinco), y Cristina Saavedra (La Sexta), ocupa tu lugar en la mesa de la cena.

Un abrazo.
P.D. Si vienes por el norte estás invitada a una cena real; virtuales ya hemos tenido muchas.

La fábula del físico, el ingeniero y el economista

•17 julio 2011 • 13 comentarios

Un físico, un ingeniero y un economista sobreviven a un accidente de avión que los lleva a una isla desierta. Desafortunadamente, el único alimento que consiguen rescatar de los restos del siniestro es una gran lata de conservas, que no pueden abrir al no disponer de ninguna herramienta. Sentados frente a ella, cada uno propone su particular forma obtener el alimento, basada en sus conocimientos profesionales. El físico sugiere calentar la lata tanto como sea posible para que al enfriarla bruscamente con el agua de mar se produzca una grieta. El ingeniero propone atarla con lianas y, tras calcular una trayectoria pendular, golpearla contra una roca de sílex debidamente fijada al tronco de un árbol. Por último, el economista, con meliflua sonrisa ante la cara de asombro de sus compañeros, plantea la siguiente hipótesis: “Supongamos que tenemos un abrelatas…”. Acto seguido, se despide con gran educación. Físico e ingeniero deciden, desconcertados, retirarse también a descansar.

La hipótesis enunciada por el economista impide dormir al físico y al ingeniero, que se debaten hasta el amanecer entre la duda sobre la existencia real del abrelatas y la forma de encontrar el procedimiento más adecuado para abrir la lata por otros medios. Entre tanto, el economista recupera fuerzas con un plácido y reparador sueño.

A la mañana siguiente, cuando el físico inicia la construcción del horno que habría de servir para abrir la lata el economista, en tono insinuante, le susurra con complicidad: “Imagínate que tuviéramos un abrelatas… ¿Qué harías?”. A lo que el físico responde que abrirla y repartir la comida, ya que hay suficiente para los tres. A esta afirmación el economista responde reflexivo, “Si tuviéramos un abrelatas no tendríamos porqué compartir la comida con el ingeniero, especialmente considerando que su método para abrir la lata posiblemente nos dejará sin comida a los tres”. Dicho esto se aleja tranquilamente a la búsqueda del ingeniero que a su vez se afana en realizar un montaje con lianas para ensayar su método. Una vez lo encuentra en un claro del bosque le insinúa igualmente y con la misma procacidad: “Imagínate que tuviéramos un abrelatas… ¿Qué harías?”. La respuesta del Ingeniero, parecida a la del físico, provoca un comentario homólogo al realizado pocos minutos antes ante éste. Hecha su valoración, el economista se aleja con una sonrisa manteniéndose durante días apartado de ambos.

Día tras día, físico e ingeniero son más incapaces de concentrarse en sus respectivos trabajos mientras piensan obsesivamente en la necesidad de disponer de un abrelatas, y más aún en la posibilidad de que el economista tenga uno oculto. De hecho, los comentarios de éste los han convencido de que realmente esconde la herramienta y lo único que pretende es que el reparto de la comida se haga entre menos comensales. El tiempo pasa inexorable y el hambre devora las entrañas de los náufragos. La relación entre el físico y el ingeniero se ha ido deteriorando, perturbada por los sutiles comentarios del economista, al no llegar a un acuerdo respecto de la mejor forma de abrir la lata. La idea de que el economista oculta el abrelatas los perturba ya hasta el punto de no ser capaces de acometer ninguna tarea útil. Entre tanto, el economista espera pacientemente.

Una mañana, en su paseo matutino el economista encuentra el cadáver del físico en la playa y al ingeniero gravemente herido por la pelea que han mantenido. Con parsimonia recoge la lata y la ubica en el horno que había diseñado el físico. Posteriormente, la enfría en el agua del mar pero no consigue abrirla ya que no conoce los detalles del procedimiento diseñado por su fallecido compañero. Decepcionado, se desplaza al bosque donde tras varios intentos frustrados consigue arrojar la enorme lata contra la punzante piedra instalada por el Ingeniero. Sin embargo, al no conocer los cálculos hechos por éste y al haberse debilitado la lata por el intento anterior estalla en mil pedazos esparciendo la comida a los cuatro vientos, donde rápidamente es devorada por los insectos y animales salvajes que desde la muerte de los otros dos náufragos acechan insidiosamente al economista.

El poco alimento disponible sólo le permite tener una lenta agonía. Es por tanto hallado muerto por el equipo de rescate a corta distancia de donde yacen descompuestos los cadáveres del físico y el ingeniero. Los rescatadores identifican a las víctimas y encuentran los restos de la gran lata de comida en las cercanías. Uno de ellos exclama, “lástima: sólo les faltó un abrelatas”, a lo que el otro responde, “te equivocas, no les faltó el abrelatas, les sobraron las previsiones de riesgo y el economista”.

Para Standard & Poors, Fitch y Moody’s que tarde o temprano reventarán la lata.

Fecha de Caducidad

•2 mayo 2011 • Dejar un comentario

Donde habita el recuerdo la muerte tiene prohibida la entrada

Interferón

Se despertó empapado en sudor; su habitual sueño de niño se había convertido en un duermevela remiso al que accedía suspicaz desde el día en que el interferón alfa fue nombrado su ángel custodio. Seis meses atrás era un joven vigoroso, de humor inquebrantable, comportamiento infantil y sonrisa perenne que el cáncer de riñón aún no había podido extinguir a pesar del encono con el que agredía su cuerpo. Al mirar el reloj, vio la figura del gatito que su amigo español le había regalado y recordó, una vez más, aquella conversación en la taberna del pueblo francés donde ambos habían trabajado. Colaboraban temporalmente como investigadores para una multinacional francesa y aunque los dos eran ingenieros tenían muy poco más en común. Él era polaco, joven, rubio, alto y grueso. Cándido e ilusionado hacía gala de un inagotable buen humor capaz incluso de irritar a sus colegas. Recién doctorado, hacía méritos para un empleo estable como profesor en su universidad mientras disfrutaba puerilmente de su primera estancia en el extranjero. Su amigo, doce años mayor que él, era pequeño, de cabeza grande y afeitada que le confería un aspecto difícil de clasificar. Profesor desde hacía dieciocho años, casado y con hijos, transitaba por esa fase de la vida donde las ilusiones juveniles se vuelven descreimiento antes de fallecer trocadas en cinismo. Buscaba con esperanza reconquistar durante aquel paréntesis lo que el tiempo y las circunstancias habían conseguido desterrar de un trabajo al que había dedicado casi toda su vida.

Recostado sobre la almohada recordó la locuacidad del español, fortalecida por la compañía de un par de jarras de cerveza y cómo éste, en un inglés más académico que el suyo, teorizaba sobre la vida, la muerte y la condición humana. No pudo evitar una sonrisa al recordar las dificultades que tenía para mantener el hilo de las disertaciones de su colega y cómo, en más de una ocasión, había dejado de escucharlo para disfrutar simplemente de la cerveza y de su compañía.

Las frases de aquella tarde ya lejana lo mortificaban desde que le habían diagnosticado la enfermedad. Veía a su amigo repetir una y otra vez que la mayor causa de infelicidad de los seres humanos es la consciencia de su propia caducidad. Que los animales disfrutan del presente porque no son conocedores de lo efímero de su existencia, y que si las personas supieran el día de su nacimiento cuando van a fallecer serían perpetuamente infelices. El discurso, para el que meses atrás no había encontrado significado, se convirtió en una pesada carga en el preciso instante en que la impersonal información médica de Internet le reveló su esperanza de vida. Al constatar que su muerte tendría lugar en no más de un año, no descubrió nada que no sospechara desde su primera visita al oncólogo. Lo que realmente le conmocionó fue lo exacto, lo inapelable de aquel plazo que abría un abismo entre él y el resto de los mortales.

Revólver

Durante las primeras semanas la impotencia ganó la partida, pero una vez se hubo sobrepuesto al desaliento inicial su pragmatismo, cultivado durante largos años de estudios, le obligó a buscar una solución. Conocedor como era de la inexistencia de un remedio eficaz para su dolencia, se aferró al violento impulso de rebatir las teorías del español sobre la vida y decidió, con férrea convicción, que el anuncio de su propia muerte no lo paralizaría: su existencia seguiría el mismo curso que hasta entonces. Con rapidez encontró en el oráculo del ciberespacio lo que buscaba: Google le mostró, sin omitir detalles, un OTS-38 de fabricación soviética que parecía la herramienta ideal para el fin que había escogido. Un revólver pequeño, muy silencioso, con un tambor de 5 recámaras y un calibre respetable podría cumplir su cometido a la perfección. Localizar un vendedor junto al puerto de Gdansk fue algo más complejo, pero los seiscientos euros que ofertó a través de un SMS fueron suficientes para que un joven de aspecto descuidado, botas militares y cabeza rapada le entregase el arma envuelta en un grueso papel marrón con manchas grasientas.

Revolver

Aquella mañana repitió el ritual que había iniciado tres meses atrás. Era el día noventa y dos; las manos ya no le temblaban ni le costó introducir la bala en la recámara tal y como le había sucedido en anteriores ocasiones. Una vez hubo hecho rodar fuertemente el tambor se recostó en la cama, introdujo cuidadosamente el cañón en la boca hasta apoyarlo en el paladar y apretó el gatillo: clic, no sucedió nada. Con calma limpió la saliva del cañón, extrajo la bala y devolvió el revólver a la caja que ocultaba en el fondo del armario. Se duchó y afeitó con esmero, miró al cielo a través de la pequeña ventana de su habitación y vio que el sol empezaba tímidamente a asomar entre las nubes; ya era primavera. La primera tras su regreso de Francia. Se puso un anorak, antaño apretado y ahora demasiado grande tras su pérdida de peso y salió a pasear. En el portal recordó las mañanas en Tarbes cuando esperaba a su amigo español frente a su casa y le gritaba, con voz de tenor desde muy lejos, las únicas palabras que conocía en su idioma: ¡Hola amigo, qué tal amigo! Se preguntó qué pensaría él si en alguna de sus recientes videoconferencias a través de Skype le hubiera contado lo que hacía todas las mañanas. Sonrió con una mezcla desigual de melancolía y sarcasmo e inició su diario paseo en dirección al mar. FechaCaminando lentamente pensó en una de las leyes de la estadística aprendida mucho tiempo atrás: “si un suceso aleatorio se repite un número infinito de veces, la probabilidad de que se obtenga cada una de las opciones posibles es del cien por cien”. Concluyó que en sus circunstancias no tenía tiempo para un número infinito de intentos. Quizás fuese necesario cortejar con inteligencia a las matemáticas e introducir una segunda bala a partir de mañana. Él, un polaco fuerte, vigoroso, aferrado a la vida, no podía de ningún modo tener fecha de caducidad.

Para Piotr, mi amigo, donde quiera que esté regalando bondad y repartiendo sonrisas.

Los interesados amigos de Sinde

•23 enero 2011 • Dejar un comentario

En 2008 se vendieron en España 6 millones de ordenadores. La adquisición de estos equipos supuso para sus compradores el desembolso de cantidades próximas a los 35 € para satisfacer el canon digital. Es fácil concluir, por tanto, que la venta de PCs en España ha dejado un beneficio neto muy superior a los 100 millones de euros para los Sres. de la SGAE. Un cálculo similar se podría realizar con la venta de CDs, DVDs, impresoras, escáneres, grabadoras, reproductores de MP3, teléfonos móviles, IPODs, etc., arrojando como resultado cifras multimillonarias de ingresos  para los patronos de los derechos de autor.

El canon digital se justifica por parte de la SGAE y el Ministerio de Cultura como compensación por la realización de copias privadas, sin embargo, los equipos informáticos de uso profesional o docente también están gravados con el canon aunque a lo largo de su vida útil no realicen ni una sola copia de material protegido con derechos de autor.  Además, puesto que es imposible establecer a priori el uso que cada propietario dará a sus artilugios informáticos, este impuesto viola los derechos individuales de muchos para proteger los intereses económicos de unos pocos.

Es indudable que las descargas ilegales violan los derechos de autor, pero yo me pregunto si el pago del canon digital no las hace legítimas al generar miles de usuarios que pagan religiosamente por sus  equipos y soportes informáticos aunque no infrinjan la ley de propiedad intelectual.

Por otro lado, el efecto de las descargas ilegales no puede ser considerado totalmente lesivo para autores y productores ya que eleva exponencialmente la capacidad de difusión del material artístico, a la vez que lo universaliza. Si bien es fácil entender que una visión altruista de la difusión de la cultura no alimenta a un sector industrial del que dependen muchos puestos de trabajo, es innegable que el efecto promocional que tiene el acceso colectivo a los productos originales también repercute positivamente en las ganancias de las compañías. Las cifras de negocio correspondientes a los ingresos por conciertos de artistas como U2 o Beyoncé han alcanzado máximos históricos a lo largo del pasado año. La recaudación en taquilla de películas como Avatar o la saga de Harry Potter se cuenta por miles de millones de euros y no son pocos los cantantes que han alcanzado los discos de oro o platino por el número de copias vendidas. Indudablemente, el lleno de los estadios o las salas de cine tiene una relación directa con la difusión universal del trabajo artístico y ésta, a su vez, está íntimamente relacionada con el uso que los internautas hacen de la red. Por consiguiente, es falso y demagógico demonizar, hasta el extremo que algunos sectores hacen, las descargas en la red.

El intento del gobierno para regular la webs de descarga es una vuelta de tuerca inadmisible si no conlleva la supresión o revisión del canon digital. Es evidente el carácter abusivo del impuesto si junto con su aplicación se fiscaliza y regula judicialmente la red para impedir las descargas ilegales. En este sentido, es importante señalar la presión que el lobby de los supuestos intelectuales y creadores ejerce sobre el ejecutivo. Para este sector, el canon digital implica unos ingresos nada desdeñables que en el caso de desaparecer obligarían a muchos de sus integrantes a tener que buscarse una forma más prosaica de ganarse la vida.

De entre todos los afectados por las descargas ilegales, la industria discográfica merece un punto y aparte. Durante décadas las compañías discográficas gozaron de unos privilegios equivalentes a los que los constructores  mantuvieron durante el periodo de inflado de la burbuja inmobiliaria. Los precios de los discos eran muy superiores  a su valor real de producción, resultando inalcanzables para la mayoría de consumidores. Mientras tanto, las compañías dilapidaban pingües beneficios entre autores, compositores y productores que viajaban en jet privado. En este periodo la  oferta musical era bastante más limitada al igual que los canales de distribución, férreamente controlados por  las grandes compañías. Esta situación de monopolio efectivo es lo que las empresas discográficas añoran y reclaman al sistema, aún sabiendo que la situación actual es totalmente diferente y requiere una reestructuración del funcionamiento del sector.

En la actualidad, los costes de grabación y edición de un disco han caído notablemente, a la vez que las vías de distribución, en forma de canales temáticos de radio, televisión o la propia Internet son increíblemente más amplios y flexibles.  Este cambio ha propiciado un incremento de la oferta que las compañías no aceptan repercutir en los precios de sus productos. En definitiva, la industria discográfica se ha enrocado en sus posiciones anteriores pretendiendo mantener los beneficios del pasado sin modificar su forma de negocio aunque las condiciones en las que se desarrolle actualmente sean completamente distintas y, por supuesto, mucho más exigentes. Por tanto, lo más cómodo para los magnates de la creación musical es pintar un horizonte apocalíptico como resultado de las descargas ilegales y tratar de obtener una legislación que devuelva el sector a sus pasados tiempos de gloria subsidiando de forma indecente a los autores con el dinero de todos los ciudadanos.

Si la SGAE no hubiese tensado la cuerda hasta el punto de convertirse en una de las entidades más aborrecidas por los españoles, el canon digital y la Ley de Sinde y sus amigos habrían pasado desapercibidos, pero exigir cobrar porque en tu boda suene  “Paquito el chocolatero”,  es incompatible con la idiosincrasia del ciudadano Español y produce insumisión generalizada.

Recientemente, Pilar Bardem, una destacada amiga de Sinde, se declaraba “Internauta de 4 o 5 horas al día” y definía como “Gurús que no la representaban” a las asociaciones de Internautas que habían ejercido su protesta ante el intento de aprobación de la Ley. Desde aquí, voy a permitirme darle a ella y a todos los amigos de Sinde un amable consejo: trabajen más y naveguen menos, quizás así no sea necesario que los demás ciudadanos financiemos sus salarios con nuestros recursos.

De toros y hombres

•4 agosto 2010 • 5 comentarios

El torero esquiva con movimientos coreografiados los envites de un animal debilitado por la puya y atormentado por las banderillas. Mientras la sangre y el sudor del toro se mezclan, el diestro lo obliga a danzar a su alrededor engañado por el capote. Lo trae, lo lleva, lo agota ante un público enfebrecido que acompaña con gritos rituales cada uno de sus pases. Cuando el animal es incapaz de embestir y el espectáculo no puede continuar le da muerte clavándole medio metro de acero entre los homóplatos. Si la bestia es afortunada el estoque atravesará uno de sus pulmones. Si no es así, repetirá de nuevo la misma suerte… Al finalizar, si la faena ha sido del agrado de los presentes el gladiador saldrá del circo provisto de uno, dos o tres apéndices de la fiera.

Que la descripción anterior sea considerada actividad artística o tortura animal parece ser totalmente subjetivo. Para los defensores de “la fiesta” la estética del espectáculo lo justifica todo. Los taurófilos, discípulos de Maquiavelo, estiman como él que el fin “artístico” autoriza el trato dispensado al toro. Supuestos intelectuales como Fernando Savater van aún más lejos, afirmando que “el toro es fruto del designio humano” y que “tratar bien a un toro consiste precisamente en lidiarlo”. Por si tales majaderías no fuesen suficientes, Savater afirma sin pudor que los planteamientos antitaurinos “son fruto de un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño María”, y ampara su razonamiento en las corrientes filosóficas que van de Artistoteles a Kant.

No voy a ser yo quien dé lecciones de filosofía al Sr. Savater, pero sí que me voy a permitir hacer una reflexión sobre sus sesgadas teorías. Savater afirma que “no existen los derechos de los animales, sólo existen los derechos humanos”. Es obvio, que cuando escribió el artículo para El País no se documentó debidamente, ya que la declaración universal de los derechos de los animales fue suscrita por la ONU y la UNESCO en 1978. Este documento establece en su punto 2.A que “ningún animal será sometido a malos tratos ni actos crueles” y en el 10.A que “ningún animal será explotado para esparcimiento del hombre”. Ignorar estos dos preceptos no sólo contraviene un documento aceptado de forma universal sino que niega en esencia a los propios pensadores que Savater cita en su escrito. Emmanuel Kant afirmaba que “podemos juzgar el corazón de una persona por la forma en que trata a los animales”. Friedrich Nietsze dijo que “las mentes más profundas de todos los tiempos han sentido compasión por los animales”. Arthur Schopenhauer, que interpretró la filosofía de Kant e introdujo las primeras corrientes de pensamiento oriental en Europa, afirmaba que “el hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales”. A diferencia de Savater, Leon Tolstoy, Mohandas Gandhi, Robert Louis Stenvenson, George Bernard Shaw y decenas de intelectuales de todos los tiempos, comprendieron sin esfuerzo que respetar a quienes comparten con nosotros el usufructo del planeta es una condición ineludible para el desarrollo humano. Si este principio se corrompe, no sólo se quebrantan las bases culturales de una civilización desarrollada, se destruye la verdadera naturaleza del ser humano, que en sus orígenes convivió en equilibrio y equidad con las demás especies.

Si el pensamiento filosófico y las declaraciones universales no son suficiente para los taurófilos, aún queda un argumento legal en contra de los toros que nunca mencionan: la legislación española en materia de maltrato animal. 

Si Vd. decide desollar en público a su perro no sólo será considerado un bárbaro sino que, en aplicación de la normativa vigente, será debidamente sancionado. Sin embargo, si el torturado ha nacido en una dehesa la ley hará una excepción, e incluso habrá quien declare que su sacrificio ritual deba ser declarado de interés público. Una contradicción de esta magnitud en materia legal sólo puede darse en nuestro país, donde las costumbres bárbaras se ennoblecen al llamarlas tradiciones y el primitivismo de algunos conciudadanos se denomina arraigo cultural.

He intentado muchas veces meterme en el pellejo del torero y sus defensores para tratar de comprender qué simbolismo, qué liturgia es la que existe en las corridas de toros. El resultado, lejos de acercarme a la fiesta, me parece sobrecogedor. Al margen del valor del torero, difícil de cuestionar, la esencia de los toros es realmente perversa. La fiesta nace de la visceralidad humana, de sus instintos más arcaicos. La corrida se concibe únicamente como una exhibición de riesgo vital por parte del torero. Un juego de sangre y luces durante el cual el diestro debe cortejar a la muerte. El hombre-macho, símbolo de poder y dominio, tiene la obligación contractual de arriesgar su vida ante un público expectante. La muerte deberá oficiar la ceremonia; en su ausencia el ritual carecería de sentido. La catarsis del espectador sólo puede completarse cuando éste sublima sus instintos más atávicos en los pases del torero: más largos, más peligrosos, más cercanos a los pitones… Si la bestia lo roza el público gritará aterrorizado y un instante después celebrará que la muerte no se ha cobrado a su víctima. A falta de la sangre del torero, el espasmo final de placer sobrevendrá cuando el toro caiga atravesado por el acero, y el maestro regale a las gradas el último gesto triunfal de su faena.

El aficionado a los toros hablará de belleza, plasticidad y armonía, pero no confesará que es la muerte lo que lo seduce. No admitirá que los ornamentos del festejo son accesorios; que poco importaría si se eliminasen los trajes de luces y los pasodobles siempre que el torero se arrime bien. No aceptará que tener como adversario a un toro es puramente casual, que lo que es realmente fascinante es el delgado hilo que separa la vida y la muerte. Si lo hiciera, estaría admitiendo que sucumbe a sus instintos y los toros no son eso: son arte y culto.

El sufrimiento del toro me produce repugnancia, pero más aún me produce la certeza de cuáles son las razones por las que las corridas tienen todavía público: estoy seguro de que muchos de sus enconados defensores disfrutarían sin tapujos de la lucha a muerte entre gladiadores si estuviese autorizada.

Respecto de la prohibición recientemente aprobada en Cataluña, no voy a negar que tenga connotaciones políticas. Sin embargo, me importa muy poco que la verdadera razón para la supresión de las corridas sea un rechazo por los radicales nacionalistas a una fiesta de origen español. La España rancia de estirpe católica toros y peinetas, que individuos como Juan Manuel de Prada anhelan públicamente, exhala un vaho de podredumbre tan intenso que el aire de independentismo que pudiera arropar a la medida me resulta bastante más respirable. Por otro lado, la “fiesta nacional” estaba herida de muerte en Cataluña; los taurinos deberían, por tanto, aceptar con deportividad que la prohibición no es más que el descabello que les proporciona, como al toro, una muerte más digna sin una lenta y larga agonía.

Decía Schopenhauer que “que a excepción del hombre, ningún ser se fascina de su propia existencia”. Sin duda los taurófilos, seducidos por sí mismos, se sienten un poco más cerca de Dios al decidir lujuriosamente sobre la vida y la muerte del toro. Sin embargo, se olvidan de que el mundo cambia y ya queda muy poco tiempo para hablar de toros y hombres.

Reflexión sobre la belleza

•24 junio 2010 • 4 comentarios

Pancho

 “Cerca de aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes del hombre sin vicios”.

Lord Byron (en el epitafio a su perro).

Los paseos por la playa en compañía de mi perro son un acontecimiento festivo. Él goza en libertad del mar y yo de ese inocente y contagioso entusiasmo con el que sólo los animales son capaces de festejar la vida. Hace algún tiempo, una de estas salidas se convirtió en una experiencia sorprendente. Mi compañero, un hermoso bulldog Inglés, mezcla perfecta de bondad, flema británica y holgazanería latina, entabló amistad con un cachorro; un perro mestizo, de color grisáceo, cuerpo desgarbado y movimientos infantiles. La vitalidad de aquel animal, su emoción al jugar y la alegría con la que recibió a su nuevo compañero parecían ilimitadas. El juego llegó a tales cotas de agitación que hube de rescatar a mi camarada de las fauces de su colega para no terminar transportando a un animal exangüe, incapaz de volver a casa por sus propios medios. Cuando abracé al chucho para separarlos quedé impresionado: el perrillo no tenía ojos, su lugar lo ocupaban dos ojales cerrados. Palpándole el cráneo pude comprobar que ni siquiera existían cuencas para albergarlos. Su propietaria, una joven de acento argentino, me dijo que el cachorro sufría una malformación congénita. Admirado, lo llamé para acariciarlo pero ni siquiera se giró. La chica me dijo con una sonrisa: “tienes que tocarlo, no te oye porque tampoco tiene oídos”. Un roce de mi mano fue suficiente para que se dirigiese hacia mí y palpándome con las patas tratase de lamerme, mientras meneaba el rabo sin descanso.

Sin dejar de pensar en lo que acababa de presenciar me despedí de la chica y continuamos el paseo. Mientras observaba la estampa de mi perro y el cadencioso movimiento de sus cuartos traseros, mi memoria proyectó la imagen de Marylin Monroe descendiendo de un tren de vapor con un provocador contoneo de caderas. Quizás aquella visión fugaz de la musa del celuloide fue lo que me hizo reflexionar sobre la belleza. Así, tuve la seguridad de que aquel peluche de ojos arrancados, que vivía refugiado en un mundo de aromas y caricias, era uno de los seres más hermosos que había tenido el privilegio de observar. Recordé entonces la sabiduría de Borges al decir: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”.