El torero esquiva con movimientos coreografiados los envites de un animal debilitado por la puya y atormentado por las banderillas. Mientras la sangre y el sudor del toro se mezclan, el diestro lo obliga a danzar a su alrededor engañado por el capote. Lo trae, lo lleva, lo agota ante un público enfebrecido que acompaña con gritos rituales cada uno de sus pases. Cuando el animal es incapaz de embestir y el espectáculo no puede continuar le da muerte clavándole medio metro de acero entre los homóplatos. Si la bestia es afortunada el estoque atravesará uno de sus pulmones. Si no es así, repetirá de nuevo la misma suerte… Al finalizar, si la faena ha sido del agrado de los presentes el gladiador saldrá del circo provisto de uno, dos o tres apéndices de la fiera.
Que la descripción anterior sea considerada actividad artística o tortura animal parece ser totalmente subjetivo. Para los defensores de “la fiesta” la estética del espectáculo lo justifica todo. Los taurófilos, discípulos de Maquiavelo, estiman como él que el fin “artístico” autoriza el trato dispensado al toro. Supuestos intelectuales como Fernando Savater van aún más lejos, afirmando que “el toro es fruto del designio humano” y que “tratar bien a un toro consiste precisamente en lidiarlo”. Por si tales majaderías no fuesen suficientes, Savater afirma sin pudor que los planteamientos antitaurinos “son fruto de un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño María”, y ampara su razonamiento en las corrientes filosóficas que van de Artistoteles a Kant.
No voy a ser yo quien dé lecciones de filosofía al Sr. Savater, pero sí que me voy a permitir hacer una reflexión sobre sus sesgadas teorías. Savater afirma que “no existen los derechos de los animales, sólo existen los derechos humanos”. Es obvio, que cuando escribió el artículo para El País no se documentó debidamente, ya que la declaración universal de los derechos de los animales fue suscrita por la ONU y la UNESCO en 1978. Este documento establece en su punto 2.A que “ningún animal será sometido a malos tratos ni actos crueles” y en el 10.A que “ningún animal será explotado para esparcimiento del hombre”. Ignorar estos dos preceptos no sólo contraviene un documento aceptado de forma universal sino que niega en esencia a los propios pensadores que Savater cita en su escrito. Emmanuel Kant afirmaba que “podemos juzgar el corazón de una persona por la forma en que trata a los animales”. Friedrich Nietsze dijo que “las mentes más profundas de todos los tiempos han sentido compasión por los animales”. Arthur Schopenhauer, que interpretró la filosofía de Kant e introdujo las primeras corrientes de pensamiento oriental en Europa, afirmaba que “el hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales”. A diferencia de Savater, Leon Tolstoy, Mohandas Gandhi, Robert Louis Stenvenson, George Bernard Shaw y decenas de intelectuales de todos los tiempos, comprendieron sin esfuerzo que respetar a quienes comparten con nosotros el usufructo del planeta es una condición ineludible para el desarrollo humano. Si este principio se corrompe, no sólo se quebrantan las bases culturales de una civilización desarrollada, se destruye la verdadera naturaleza del ser humano, que en sus orígenes convivió en equilibrio y equidad con las demás especies.
Si el pensamiento filosófico y las declaraciones universales no son suficiente para los taurófilos, aún queda un argumento legal en contra de los toros que nunca mencionan: la legislación española en materia de maltrato animal.
Si Vd. decide desollar en público a su perro no sólo será considerado un bárbaro sino que, en aplicación de la normativa vigente, será debidamente sancionado. Sin embargo, si el torturado ha nacido en una dehesa la ley hará una excepción, e incluso habrá quien declare que su sacrificio ritual deba ser declarado de interés público. Una contradicción de esta magnitud en materia legal sólo puede darse en nuestro país, donde las costumbres bárbaras se ennoblecen al llamarlas tradiciones y el primitivismo de algunos conciudadanos se denomina arraigo cultural.
He intentado muchas veces meterme en el pellejo del torero y sus defensores para tratar de comprender qué simbolismo, qué liturgia es la que existe en las corridas de toros. El resultado, lejos de acercarme a la fiesta, me parece sobrecogedor. Al margen del valor del torero, difícil de cuestionar, la esencia de los toros es realmente perversa. La fiesta nace de la visceralidad humana, de sus instintos más arcaicos. La corrida se concibe únicamente como una exhibición de riesgo vital por parte del torero. Un juego de sangre y luces durante el cual el diestro debe cortejar a la muerte. El hombre-macho, símbolo de poder y dominio, tiene la obligación contractual de arriesgar su vida ante un público expectante. La muerte deberá oficiar la ceremonia; en su ausencia el ritual carecería de sentido. La catarsis del espectador sólo puede completarse cuando éste sublima sus instintos más atávicos en los pases del torero: más largos, más peligrosos, más cercanos a los pitones… Si la bestia lo roza el público gritará aterrorizado y un instante después celebrará que la muerte no se ha cobrado a su víctima. A falta de la sangre del torero, el espasmo final de placer sobrevendrá cuando el toro caiga atravesado por el acero, y el maestro regale a las gradas el último gesto triunfal de su faena.
El aficionado a los toros hablará de belleza, plasticidad y armonía, pero no confesará que es la muerte lo que lo seduce. No admitirá que los ornamentos del festejo son accesorios; que poco importaría si se eliminasen los trajes de luces y los pasodobles siempre que el torero se arrime bien. No aceptará que tener como adversario a un toro es puramente casual, que lo que es realmente fascinante es el delgado hilo que separa la vida y la muerte. Si lo hiciera, estaría admitiendo que sucumbe a sus instintos y los toros no son eso: son arte y culto.
El sufrimiento del toro me produce repugnancia, pero más aún me produce la certeza de cuáles son las razones por las que las corridas tienen todavía público: estoy seguro de que muchos de sus enconados defensores disfrutarían sin tapujos de la lucha a muerte entre gladiadores si estuviese autorizada.
Respecto de la prohibición recientemente aprobada en Cataluña, no voy a negar que tenga connotaciones políticas. Sin embargo, me importa muy poco que la verdadera razón para la supresión de las corridas sea un rechazo por los radicales nacionalistas a una fiesta de origen español. La España rancia de estirpe católica toros y peinetas, que individuos como Juan Manuel de Prada anhelan públicamente, exhala un vaho de podredumbre tan intenso que el aire de independentismo que pudiera arropar a la medida me resulta bastante más respirable. Por otro lado, la “fiesta nacional” estaba herida de muerte en Cataluña; los taurinos deberían, por tanto, aceptar con deportividad que la prohibición no es más que el descabello que les proporciona, como al toro, una muerte más digna sin una lenta y larga agonía.
Decía Schopenhauer que “que a excepción del hombre, ningún ser se fascina de su propia existencia”. Sin duda los taurófilos, seducidos por sí mismos, se sienten un poco más cerca de Dios al decidir lujuriosamente sobre la vida y la muerte del toro. Sin embargo, se olvidan de que el mundo cambia y ya queda muy poco tiempo para hablar de toros y hombres.
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